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REFLEXIONES SOBRE EL MÉXICO DE HOY
Por:  / 20 abril, 2015

GUADALAJARA 3.0/ Enrique González Rojo Arthur

Cada vez se ahonda más la enorme distancia existente entre los de arriba y los de abajo -sobre todo los que se ubican abajo y a la izquierda- en nuestro país. En muchas regiones de la República ya no existe la vieja dicotomía de gobernantes/gobernados sumisos, sino que impera y tiende a acrecentarse la antítesis gobernantes/gobernados en lucha o, por lo menos, hermanados en una gran des-confianza por el sistema, sus instituciones y sus partidos políticos.
Los movimientos antigubernamentales surgen invariablemente a partir de una motivación (un repertorio de descontentos) y tienen un flujo (la rebeldía se halla en ascenso, presenta un carácter ofensivo y puede convertirse en peligro de mayor o menor relieve para los de arriba) y un reflujo (la protesta empieza a frenar, se pasa de lo ofensivo a lo defensivo y los gobernantes -que hacen todo lo posible para coadyuvar a esta desaceleración- ven gustosos alejarse el peligro). Es de subrayarse que los movimientos contestatarios tienen un carácter histórico o sea que su dinámica está determinada no sólo por la voluntad de lucha, sino por la coyuntura y la conformación sociopolítica prevaleciente en un espacio particular (geográfico) y en un tiempo específico (momento que se vive). En el México actual, los ultrajes o los atropellos de todo tipo por parte de los gobernantes –para no mencionar el narcotráfico- se suceden con cierta regularidad: apenas ocurre un agravio, cuando se inicia otro: de ahí que al reflujo de una expresión de descontento se articula el flujo de otra, y la protesta de la primera se traslada en parte a la segunda. Para no hablar sino de la historia reciente: a la imposición de las “reformas estructurales” –ver-dadera tropelía contra los mexicanos- sucedió la tragedia de Tlatlaya, a esta última le siguió la innombrable de Ayotzinapa, a la de Ayotzinapa el atraco contra la libertad de expresión en el caso de Carmen Aristegui o los sueldos de hambre de San Quintín y muy pronto nos encontraremos con el problema de la Ley de aguas. El gobierno actual peñista no puede gobernar sin afrentar a su sociedad civil: dados los intereses empresariales mexicanos y extranjeros que defiende, gobierna a manotazos. Al calor de uno de esos furibundos golpeteos infringidos por un gobierno (que es, en alguna medida, un narco-Estado y que se halla uncido al imperio) podría surgir un movimiento inédito que articulara en su motivación el cúmulo de ofensas perpetradas contra el pueblo durante décadas, y que emergiera con la capacidad de cambiar radicalmente la situación política dominante. Para que este insospechado movimiento pudiera hacerse realidad, habría que llevar a cabo tres tareas esenciales:
a) la autoorganización y autogobierno de los de abajo o, si ya existe en algunas partes, pugnar por su confluencia y unidad, b) idear el contenido, carácter y forma organizativa del nuevo Cons-tituyente y c) el cúmulo de tareas para llevar a cabo, en el momento oportuno, una huelga general de nuevo tipo. Esta forma de lucha tendrá que discutirse, analizarse y organizarse en la agrupación de los de abajo; ha de ser una de las finalidades de las marchas que serán un medio para elevar el nivel de lucha social y no un fin en sí mismas, debe ser el tema de revistas, panfletos, foros de todo tipo, etc. La huelga general no se improvisa y no hay nada peor que una huelga general abortada. ¿Por qué una huelga general? ¿Por qué una acción cuya demanda central sea la destitución de mandato? Porque, siendo el objetivo fundamental de la lucha social en este momento la conformación de un nuevo Constituyente, surgido de un mo-vimiento nacional que se autoorganiza y se autogobierna, ello no sería posible sin el estallido de un profundo descontento generalizado y sin esa herramienta de lucha. Sin un poder material que desplace al sistema constituido no es posible un congreso Constituyente, ya que su gestación presupone necesariamente la deconstrucción del régimen imperante.
Aun suponiendo que haya un movimiento organizado que conforme un congreso originario en que prevalezcan los intereses de los de abajo, tal institución no podrá legalizarse y regir a nivel nacional, si no se desplaza el régimen antipopular que nos rige.
Este desplazamiento necesarísimo no puede llevarse a cabo ni mediante la lucha armada –el poder militar de los de arriba es enorme y se basa además en la asociación con los imperialistas- ni por medio de la pugna electoral. Las elecciones periódicas son en realidad el procedimiento demagógico (creador permanente de expectativas) por medio del cual se reproduce sin cesar el poder, el sistema capitalista en su modalidad neoliberal. Y en el México de hoy, no existe la menor posibilidad de que una oposición verdadera desplace al gobierno. La única manera de llevar a cabo tal desplazamiento, sin caer en la lucha armada ni en el sueño de un sufragio libre y democrático, es la huelga general que tiene como su esencia negar, desmovilizar, tornar ingobernable el poder público.
Conviene reflexionar sobre las características que tendrá que poseer esta huelga general de nuevo tipo:
1. No va a ser de composición sustancialmente obrera ni campesina en su comienzo (como las huelgas generales del pasado en diversas partes del mundo) dado el sojuzgamiento en nuestro país de los proletarios y los campesinos pobres a las burocracias sindicales corruptas. 2. Será más que nada en su inicio un paro generalizado magisterial, estudiantil, universitario. 3. También abarcará -y esto es muy importante- trabajadores de la circulación y los servicios que no sólo se hallan oprimidos por los patrones de sus respectivos giros, sino que están franca y decididamente explotados.
Si, a partir de la debida autoorganización de los sectores mencionados -sobre todo del magisterio y los estudiantes- , se lograra lo anterior, es probable arrastrar a los obreros y campesinos quienes romperían con sus dirigencias oportunistas y se solidarizarían con el movimiento impugnador.
El principio de la lucha electoral, que es parte del sistema –y no un medio para superarlo- sólo puede y debe ser trascendido si y sólo si existe un movimiento orgánico ascendente o sea una rebelión autogestiva nacional de los de abajo que se proponga cambiar el régimen y que utilice como herramienta la huelga general que puede realizarse, como una revolución, en diversos actos.
La vinculación de la huelga general y el boicot electoral generalizado constituirán el poder material indispensable para desplazar el poder constituido y estar en posibilidad de llevar a cabo un Nuevo Constituyente. Si no se logra conformar este movimiento orgánico ascendente a nivel nacional o, lo que tanto vale, si no se logra estructurar un movimiento transformador con claridad programática (nuevo Constituyente antisistémico) e instrumento material transformador (huelga general), el llamado a no votar –si tuviera éxito- saldría contraproducente ya que llevaría al sector más derechista de la burguesía -PRIAN y PRD- a ganar en todas partes y en todos los niveles.
Los partidarios incondicionales del boicot electoral arguyen dos cosas:
Primera: que “lo mismo es el pinto que el colorado”, es decir, que son iguales el PRI, el PAN, el Partido Verde, el PRD, Morena, etc. Segunda: que votar es legalizar. Y que la abstención deliberada es retirarle la legalización a los supuestos representantes del pueblo.
En relación con el primer punto, es importante subrayar, coincidiendo en cierto nivel con los partidarios del boicot, que todos los partidos, sin excluir a Morena, participan de la misma esencia: son partidos del sistema (capitalista). Pero hay un matiz diferencial que no es posible dejar de lado. Mientras todos los partidos son suscriptores de hecho del neo-liberalismo –incluyendo el PRD que colaboró con el PRIAN en el Pacto por México-, Morena ha tenido buen cuidado en deslindarse de esta vía, y sus representantes para los diversos puestos públicos en las elecciones por venir traen consigo un sesgo reformista que no puede ser soslayado.
En lo que alude a la segunda cuestión, es de notarse que, para el poder existente, es mucho más importante el incremento del voto a su favor que con el boicot se les entrega, que la acusación de ilegalidad o ilegitimidad que el rechazo a las urnas pretende conquistar.
¿Cuál es, entonces, la línea a seguir en las condiciones actuales? Intentaré responder a este interrogante con un juicio no categórico, sino hipotético. Si, y sólo si, en efecto, conformamos un movimiento organizado –en que nuestros representantes manden obedeciendo-, que levante como idiarium la creación de un nuevo Constituyente o pacto social y que emplee todas las formas de desobediencia civil incluyendo los paros activos y la huelga general, entonces se deberá hacer un llamado general al boicot electoral para arrebatar al poder su inapreciable instrumento para reproducirse sin cesar y hacerlo en apariencia con la venia de los de abajo. Si, por desgracia, no acaece lo anterior –o se tarda demasiado en ocurrir-, el boicot electoral favorece al sector más reaccionario del sistema. Esto me lleva a la consideración de que, si es el caso, la gente progresista debe votar por Morena en todos aquellos lugares donde puede ganar o ganar algo (como en la ciudad de México).
Hay una excepción: el estado de Guerrero donde el pueblo se ha autoorganizado, se halla en lucha y en donde los padres de los muchachos de Ayotzinapa hacen el muy justo planteamiento de que no debe de haber elecciones en dicha entidad federativa, entre otras razones, mientras no sepan lo sucedido con sus hijos.
Si continuamos considerando la posible inmadurez del movimiento en pro de la gestación del nuevo pacto social, votar por Morena en todos los sitios en que puede triunfar, con el objeto de ponerle obstáculos a la derecha donde sea dable, no implica abandonar la lucha por formar el movimiento orgánico a favor del nuevo Constituyente y de preparar la huelga general en el sentido en que lo he dicho anteriormente.
Si lograra irrumpir el mencionado movimiento orgánico y hubiera condiciones para pasar a una forma más profunda de lucha, quienes votemos por Morena –tomando en cuenta las razones ya dichas-, nos sumaríamos al boicot electoral, ya que somos conscientes de que esta acción encarnaría un procedimiento efectivo para arrebatarle al poder una práctica que le es indispensable para su sobrevivencia.
Una última observación: los diversos polemistas sobre las opciones de necesidad de votar o boicot electoral, las presentan como un dilema tajante y sin términos medios, lo cual es un planteamiento erróneo y metafísico. Como se muestra en este escrito, es posible trabajar, según las condiciones y el momento, en ambas pistas, aunque acabe por imponerse una. Ojalá que sea la que va por el lado de un cambio radical del sistema abyecto y denigrante en que vivimos.

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