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Porfirio Díaz: cortinas de humo y legitimidad política
Por:  / 13 julio, 2015

GUADALAJARA3.0/Francisco Felix

(13 de julio de 2015).- El pasado 2 de julio se cumplieron 100 años del fallecimiento de Porfirio Díaz Mori, quien gobernó México durante más de tres décadas a fines del siglo XIX y principios del XX. Se trata, sin duda, de uno de los personajes más significativos y polémicos de la historia de México. A propósito de la efeméride, el año pasado se creó la “Comisión Especial de los Festejos del Centenario Luctuoso del General Porfirio Díaz Mori”. Con ese nombre rimbombante, la comisión, que ha recibido el apoyo del Ayuntamiento de Oaxaca de Juárez, tierra natal de Díaz, analiza la posibilidad de lograr la repatriación de los restos de Díaz, que se encuentran en Francia, lo cual ha generado opiniones a favor y en contra, en medio de una gran crisis de legitimidad de la clase política.

Existe desde hace varios años una tendencia creciente en los medios académicos e historiográficos de nuestro país por destruir lo que se conoce como “historia de bronce”, la historia oficial que fue construida a partir del discurso de la élite posrevolucionaria vencedora, que creó al Partido de Estado y que se encargó de erigir una especie de “panteón de héroes y villanos” en la historia nacional. Esta historia fue aceptada como “la verdad histórica”, casi incuestionable; fue asimilada y difundida por varias generaciones de mexicanos.

Con la debacle del nacionalismo revolucionario a partir de la década de los ochenta y, de manera más pronunciada y casi definitiva, con el ascenso al poder de los gobiernos panistas (de génesis conservadora), la tendencia antes descrita, no sólo se aceleró, sino que se convirtió prácticamente en “política de Estado”. El objetivo declarado era “humanizar la historia” y “mostrar el rostro humano” de los personajes históricos de la vida nacional, con sus virtudes y defectos. Esta misión que puede parecer loable en un principio, tuvo -o tiene- como objetivo subyacente la reapropiación y relegitimación de ciertas figuras históricas otrora catalogadas como parte del bando “reaccionario”, “conservador” o, simple y sencillamente, “traidor” de la historia mexicana. ¿Para qué? Para que los gobiernos emanados de un partido cuya génesis forma parte de dicha tradición, esto es, la del bando perdedor y conservador, ganase legitimidad. Así, de pronto resultó que personajes como Agustín de Iturbide, Lucas Alamán, Maximiliano de Habsburgo, Miguel Miramón, Victoriano Huerta o los cristeros, “no fueron tan malos”. Simple y sencillamente, se nos dice, “fueron humanos con virtudes y errores determinados por la época que les tocó vivir”. El resultado de esta relectura de la historia no es otro que el de la destrucción de varios símbolos identitarios nacionales. Se trata de una política de Estado (de la cual forman parte también la embestida contra la enseñanza de ciencias sociales y humanidades en educación media y media superior, así como la desaparición de la materia de civismo en primaria) que busca reelaborar y reinterpretar a conveniencia los acontecimientos históricos.

Historiadores críticos del régimen priísta como Enrique Krauze siempre denunciaron el uso político de mitos, héroes y sucesos históricos por parte de los regímenes priístas, que se presentaban como herederos naturales de algo así como una estirpe conformada linealmente por Hidalgo-Morelos-Juárez-Madero-Cárdenas….Cierto. Pero

no sería objetivo omitir que los gobiernos panistas -y el actual, otra vez tricolor- también han dado uso político a la historia. El caso de Porfirio Díaz es un ejemplo perfecto para ilustrar lo anterior. El personaje puede ser visto como el gran dictador o como el héroe que derrotó a los franceses durante la intervención.

En el proceso de resignificación histórica, funcionarios públicos enfatizan ahora el enorme desarrollo económico logrado durante el Porfiriato. Relativizan la cantidad de poder que tuvo Díaz. Se esfuerzan por señalar las múltiples complejidades de los resortes de la vida política nacional en esos años. Sí. Todo eso puede ser cierto. Pero también lo es la enorme desigualdad y contrastes sociales tan extremos que se encontraban en la sociedad de entonces (que luego disminuyeron con los gobiernos posrevolucionarios y que nuevamente se han incrementado bajo el neoliberalismo), así como la represión a movimientos y partidos opositores, y el genocidio a yaquis, mayas y otros grupos indígenas. Si antes el nacionalismo revolucionario priísta ignoraba los primeros hechos mencionados, ahora parece que se ignora el segundo grupo. Todo lo cual demuestra que, efectivamente, se ha logrado imponer la visión revisionista de la historia y se cae a pedazos la historia de bronce del viejo PRI. Lo anterior alimenta los argumentos de quienes son partidarios de la repatriación de los restos de Díaz. Y, tal como señalan varios historiadores, ese debiera ser un asunto privado de sus descendientes, no un motivo para realizar un homenaje a cargo del Estado. Otros, más atinados, como Pedro Ángel Palou señalan que “hay otros debates más urgentes y necesario hoy, en un país de desaparecidos, de fosas comunes y de pacto social roto”1. Quizá habría, que quedarse con eso, desbaratar la cortina de humo y dejar que los restos de Díaz sigan descansando en paz.

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