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La corrupción como estilo de vida
Por:  / 17 marzo, 2015

Por René Garín.

¿Puede existir un designio de desarrollo cuando se devela a la luz pública el fracaso en los parámetros por el enriquecimiento personal de algunos funcionarios? No comprobable en el caso de la cruzada nacional contra el hambre, fue en todo caso un fracaso humanitario por el que el filtro periodístico hizo reseña de otras grandes irregularidades.

El síntoma de la corrupción como llegó a declarar el presidente en turno de la nación mexicana en su último informe de gobierno, no es solo propio del mexicano sino del hombre mismo, según la interpretación dada. Claro que en virtud de las declaraciones expresadas por el mandatario no figuraron el caso Monex y otros grandes escollos electorales donde se utilizaron grandes sumas de dinero a escala nacional. Pudo haber dicho: el negocio es el dinero, el dinero es el corruptor esencial de nuestra sociedad. Pero es una cuestión incomoda políticamente, como el azar de los tres libros que se hicieron un descalabro en virtud de sus declaraciones personales.

Pudo haber contestado que el dinero hace que un partido se blinde estratégicamente en un futuro cercano o lejano en vez de dar una opinión sobre la corrupción. Pero hablar de corrupción en un país que concentra casi más de la mitad de la población en trabajos informales no es políticamente correcto en tanto que el país se encuentra a puerta cerrada frente a la frontera más transitada del mundo: con Estados Unidos de América.

Derivar en especulaciones sobre la corrupción es adentrarse en un submundo, el tercer mundo. Mientras un corredor de bolsa puede optimizar ganancias por millones de dólares según la información privilegiada que posea, un policía puede extorsionar o un político defender los proyectos que más surtan efecto en sus finanzas personales. Aquí a virtud expresa de ese mal general, podríamos citar el orden mismo del tráfico de influencias, lo que adolece y acontece reiteradamente en el plano internacional. De entre todo el cumulo de corrupciones la que lacera es la de nuestro sistema judicial del que es objeto el ciudadano común, siendo una máxima: “aquel que tenga dinero para comprar la justicia, es digno de tenerla“. Se exonera de culpabilidad pagando.

El ciudadano común reconoce la corrupción, la afronta en términos directos en su vida diaria. En ello tiene razón Enrique Peña Nieto, la cuestión es cómo revertir ese mal horizontal a toda instancia humana cuando la probabilidad exhibe una conflagración meta política y extraordinaria. Sin toda la propiedad ética que habría de representar una democracia salvaguardada constitucionalmente, se aclara prontamente el discurso peñista: “la oferta y la demanda regulan nuestra sociedad desde que asumimos el control oficial de la corrupción“.

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